León & Cociña

Cristóbal León y Joaquin Cociña son un dúo de artistas y cineastas chilenos. Trabajan juntos desde el 2007, haciendo artes plásticas, animaciones, instalaciones, como también fondos para obras de teatro y esculturas. Sus trabajos a menudo se encuentran inspirados en la literatura infantil, ahondando en su cualidad fantástica y explorando sus costados oscuros.

Sus obras más relevantes entran dentro del marco de la animación, particularmente el stop motion. En esta técnica, se caracterizan por el uso de materiales precarios y baratos, pero con una gran conciencia plástica sobre cómo emplearlos y reutilizarlos. Este tipo de insumos les da lugar a destruir, reconstruir y modificar constantemente sus ensambles, permitiéndoles  una economía virtuosa del empleo de los materiales. Hay una búsqueda de generar de la “basura” cosas bellas.  

A su vez, operan con la intención de dejar al descubierto todo el cuerpo del trabajo, apelando a que el proceso sea parte de la obra.  En sus piezas, cuadro a cuadro se van acumulando los remanentes de los movimientos y la confección de los personajes, objetos y fondos. Dentro de esta dinámica, no intentan ocultar sus pasos como artífices, sino que al contrario, permite entrever las huellas de las manos creadoras que están empujando las cosas. Así, al exponer el esqueleto y las vísceras de la animación, dan cuenta de forma translúcida como fue realizada la obra.

Su primer largometraje, La casa lobo (2018), es un ejemplo claro de esta dinámica de trabajo. Este film se grabó a lo largo de 5 años, en varios lugares del mundo, donde los directores instalaron sets de tamaño real en galerías y museos. Esta decisión de trasladar su taller de trabajo a lugares de exhibición, les habilitó trabajar frente y con la colaboración del público, enfrentándose a nuevos estímulos, y en última instancia permitiéndoles romper con la rutina recluida y solitaria del oficio de la animación.

 


“Imaginamos nuestras películas como películas documentales sobre el proceso de hacer esculturas, dibujos y pinturas, donde han desaparecido los cuerpos o las manos que hacen el trabajo, pero quedan en la película como fantasmas. Creo que a ambos nos interesa la dimensión más mágica del stop-motion. Hay una especie de mito de origen del stop-motion, contada por Vladislav Starevitch, uno de los pioneros del medio. Starevich trabajaba como director del Museo de Historia Natural de Kaunas en Lituania. Según lo que él contaba, deseaba realizar una película sobre la vida de los escarabajos, pero estos morían inevitablemente al exponerlos a los focos de filmación. Entonces decidió solucionar el problema reemplazando las piernas de los escarabajos por alambres y animándolos cuadro por cuadro. Creemos que este pequeño acto de hechicería, de inyectar vida en los cadáveres de los insectos, explica la naturaleza mágica y oscura del stop-motion. Nos interesa esa dimensión de conjuro que tiene la técnica, de meter vida en algo que está muerto.”

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