La utilidad de lo inútil de Nuccio Ordine

La-utilidad

La utilidad de lo inútil.  Nuccio Ordine.  Editorial Acantilado, 2013.  176 páginas.

Dos fragmentos:

14. LEOPARDI «FLÁNEUR»: LA ELECCIÓN DE LO INÚTIL CONTRA EL UTILITARISMO DE UN «SIGLO SOBERBIO Y ESTÚPIDO»

Entre 1831 y 1832, Giacomo Leopardi proyecta, junto a su estimado amigo Antonio Ranieri, un periódico semanal (Lo Spettatore Fiorentino) que pretende ser inútil. En el Preámbulo, en efecto, el autor declara: «Reconocemos con franqueza que nuestro periódico no tendrá ninguna utilidad» (p. 1032). En un siglo enteramente dedicado a lo útil, cobra fundamental importancia llamar la atención sobre lo inútil:

Y creemos razonable que en un siglo en el que todos los libros, todos los pedazos de papel impresos, todas las tarjetas de visita son útiles, aparezca finalmente un periódico que hace profesión de ser inútil: porque el hombre tiende a distinguirse de los demás, y porque, cuando todo es útil, no queda sino que uno prometa lo inútil para especular (p. 1032).

Convencido de que lo «placentero es más útil que lo útil», Leopardi ve sobre todo en las mujeres, indiferentes a toda lógica productivista, las destinatarias ideales del semanario.

Y no lo hace «por galantería», sino «porque es verosímil que las mujeres, al ser menos severas, se muestren más condescendientes con nuestra inutilidad» (p. 1032).

El proyecto, naturalmente, no obtiene los permisos necesarios de las autoridades florentinas y muere antes de nacer.

Pocos años antes, en 1827, el poeta de Recanati trabajaba en la realización de una Enciclopedia de los conocimientos inútiles, que tampoco llegó nunca a materializarse, de la que habla en una carta al editor Stella del 13 de julio de 1827. Su vivo interés por la inutilidad expresa la desazón de un literato que se halla inmerso en una sociedad dominada por «negociantes y otros hombres dedicados a hacer dinero» (Pensamientos, VII, p. 353). Una sociedad en la que el hombre se identifica con el dinero:

Hasta el punto de que los hombres, que discrepan en todos los otros temas, están de acuerdo en la estima del dinero. Es más, se puede decir que, en sustancia, el hombre es el dinero y no otra cosa que el dinero, razón que, a juzgar por mil indicios, es tenida por el género humano como un axioma constante, máxime en nuestros tiempos. […] Mientras, en compañía de la industria, la bajeza del alma, la frialdad, el egoísmo, la avaricia, la falsedad y la perfidia mercantil, todas la cualidades y las pasiones más depravadoras y más indignas del hombre civilizado, se mantienen con vigor y se multiplican sin fin. Pero la virtudes siempre se están esperando (Pensamientos, XLIV, pp. 375-376).

Por medio de su filosofía de lo inútil, Leopardi no sólo busca defender la supervivencia del pensamiento (debe prometerse «lo inútil para especular»), sino que además pretende reivindicar la importancia de la vida, de la literatura, del amor, de los engaños de la poesía, de todas las cosas consideradas superfluas:

En suma, empieza a asquearme el soberbio desprecio —escribe Leopardi en una carta enviada desde Florencia a Pietro Giordani el 24 de julio de 1828— que aquí se profesa por todas las cosas bellas y por toda literatura: sobre todo porque no me entra en la cabeza que la cumbre del saber humano consista en saber política y estadística. Al contrario, considerando filosóficamente la inutilidad casi perfecta de los estudios hechos desde la época de Solón para obtener la perfección de los estados civiles y la felicidad de los pueblos, me da un poco de risa este furor de elucubraciones y cálculos políticos y legislativos. […] Sucede así que lo placentero me parece más útil que todas las cosas útiles, y la literatura útil de una forma más verdadera y cierta que todas estas aridísimas disciplinas [la política y la estadística] (p. 1370).

Pero el poeta de Recanati, como más tarde recordará él mismo en algunos versos de El pensamiento dominante, sabe que vive en una época «enemiga de la virtud» en la cual la obsesiva búsqueda de lo útil ha terminado por volver inútil la vida misma:

A esta edad tan soberbia

que se nutre de vanas esperanzas,

y ama lo vano y la virtud persigue;

que reclama lo útil, estulta,

y no ve que la vida

en más inútil siempre se convierte;

superior yo me siento. […].[10]

Un utilitarismo, asociado con una errónea idea de progreso, cada vez más exaltado en las columnas de los periódicos, como Leopardi mismo denunciará también en la Palinodia al marqués Gino Capponi:

[…] Cada diario,

en varias lenguas, en varias columnas,

en cada campo lo promete al mundo

con concordia. Y universal amor,

férreas vías y múltiples comercios,

vapor, imprenta y cólera a los más

lejanos climas, pueblos, unirán[11]

Y por estos motivos, poco antes de morir, en unaestrofa decisiva de La retama describirá su siglo como «soberbio y estúpido» (V. 53).

15 – THEOPHILE GAUTIER: «TODO LO QUE ES ÚTIL ES FEO», COMO «LAS LETRINAS»

Algunos años después del singular proyecto de Leopardi consagrado a un semanario inútil, Théophile Gautier conducirá a las más extremas consecuencias la batalla contra el moralismo que imperaba entre ciertos «críticos utilitaristas» («verdaderos policías literarios» prestos «a apresar y apalear en nombre de la virtud toda idea que circule por un libro con el sombrero puesto de través o la falda arremangada un poco demasiado arriba»; p. 24), azuzados y patrocinados por periódicos («sean del color que fueren: rojos, verdes o tricolores»; p. 7) que se presentaban como «útiles».

En 1834, a la edad de veintitrés años, el autor de Mademoiselle de Maupin antepone a su novela un largo prefacio, que llegará a ser no sólo el manifiesto del llamado «Arte por el Arte», sino, más en general, la elocuente reacción de una generación en revuelta contra aquellos «que tienen la pretensión de ser economistas y quieren reconstruirla sociedad de arriba abajo» (p. 27):

No, imbéciles, no, cretinos y papudos como sois, un libro no hace sopa de gelatina; una novela no es un par de botas descosidas; ni un soneto una jeringa de chorro continuo; un drama no es un ferrocarril, todas ellas cosas esencialmente civilizadoras y que hacen que la humanidad avance por el camino del progreso (p. 26).

Acusado en el diario Le Constitutionnel de escribir artículos indecentes, Gautier responderá brillantemente a los ataques con un lenguaje irónico, desdeñoso, lleno de metáforas y alusiones. Un panfleto pirotécnico en el cual el autor, más allá de la disputa ocasional, expresa su poética, fundada esencialmente en una idea de arte y de literatura libre de cualquier condicionamiento moral y utilitarista:

En verdad hay motivo para reírse con ganas al oír disertar a los utilitarios republicanos o sansimonistas […] Hay dos clases de utilidad, y el sentido de este vocablo nunca es sino relativo. Aquello que es útil para uno no lo es para otro. Usted es zapatero, yo soy poeta. Para mí resulta útil que mi primer verso rime con el segundo. Un diccionario de rimas, por tanto, me beneficia por su gran utilidad. A usted de nada le serviría para echar suelas a un par de viejos zapatos, y es justo decir que una chaira a mí de nada me serviría para hacer una oda. Tras lo cual usted objetará que un zapatero está muy por encima de un poeta, y que es más fácil prescindir de uno que del otro. Pero sin pretender rebajar la ilustre profesión de zapatero, a la que honro tanto como a la profesión de monarca constitucional, confesaré humildemente que yo preferiría tener mi zapato descosido que mi verso mal rimado, y que pasaría muy gustoso sin botas antes que quedarme sin poemas (p. 28).

Gautier —cuyas proezas poéticas Jean Starobinski ha puesto metafóricamente en relación con las de un acróbata— insiste en distintos momentos en el hecho de que por desgracia, en las páginas de estos periódicos, las cosas bellas de la vida no se consideran indispensables. Hasta el punto de juzgar más útil plantar coles donde había tulipanes:

Nada de lo que resulta hermoso es indispensable para la vida. Si se suprimiesen las flores, el mundo no sufriría materialmente. ¿Quién desearía, no obstante, que ya no hubiese flores? Yo renunciaría antes a las patatas que a las rosas, y creo que en el mundo sólo un utilitario sería capaz de arrancar un parterre de tulipanes para plantar coles (pp. 27-28).

En este contexto dominado por el más siniestro utilitarismo, no es sorprendente que si alguien osa preferir Miguel Ángel al «inventor de la mostaza blanca» se arriesgue a ser tomado por loco («¿Para qué sirve la música? ¿Para qué sirve la pintura? ¿Quién sería tan loco como para preferir Mozart al señor Carrel [un periodista de Le National], y Miguel Ángel al inventor de la mostaza blanca?»; p. 29). No asombra tampoco que en los periódicos utilitaristas los libros aparezcan anunciados junto a «cinturones elásticos, cuellos de crinolina, biberonese tetina inalterable, la pasta de Regnault y las recetas contra el dolor de muelas» (p. 44).

Pero Gautier está convencido de que frente a esta trivialidad tan extendida no basta con una blanda reacción. Al contrario, apoyándose en su estilo paradójico, lleva hasta el extremo el ataque al utilitarismo tejiendo un elogio de lo inútil provocativo y radical:

Sólo es realmente hermoso lo que no sirve para nada. Todo lo que es útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad y las necesidades del hombre son ruines y desagradables, igual que su pobre y enfermiza naturaleza. El rincón más útil de una casa son las letrinas (p. 29).

Sería en verdad interesante —y creo que no se ha hecho nunca con atención— analizar estas páginas de Gautier sobre lo inútil en paralelo con las de Leopardi. Y entre las muchas convergencias, no debería ciertamente pasarse por alto la presencia del Vesubio. En su prefacio, en efecto, el escritor francés saca también a colación el volcán y las ciudades romanas sepultadas por su erupción (La retama está escrita en 1836, pero se publicará póstuma en 1845), como testimonio del pseudo-progreso contemporáneo:

¡Vaya! Y decís que estamos progresando. Si mañana un volcán abriese su bocaza en Montmartre y lanzase sobre París un montón de cenizas y una tumba de lava, como en otros tiempos hiciera el Vesubio en Estabia, Pompeya y Herculano, y cuando, dentro de unos miles de años, los arqueólogos de esa época hicieran excavaciones y exhumaran el cadáver de la ciudad muerta, decidme qué monumentos habrían quedado en pie para testimoniar del esplendor de la gran enterrada (p. 34).

A siglos de distancia, los arqueólogos exhumarían sólo productos industriales y manufacturados en serie. Y, salvo algunas excepciones, las verdaderas obras de arte serían exclusiva expresión de los milenios anteriores. Esta es la razón por la que, para Gautier, justamente los objetos superfluos, las cosas que no tienen ninguna utilidad se revelan, en cuanto expresiones de lo bello, como las más interesantes y placenteras:

Yo, mal que les pese a esos señores, soy de aquellos para quienes lo superfluo es lo necesario. Prefiero las cosas y las personas en razón inversa a los servicios que me puedan prestar. Prefiero a cualquier jarrón que me sea útil, uno que sea chino, sembrado de dragones y mandarines, que no sirve para nada […]. Renunciaría muy gustoso a mis derechos de ciudadano y súbdito francés por contemplar un auténtico cuadro de Rafael […]. Aunque no sea un diletante, prefiero el sonido de un mal violín o de una pandereta al de la campanilla del señor presidente. Vendería mi calzón por tener un anillo y mi pan por tener mermelada. […] Ved, pues, cómo los principios utilitarios están muy lejos de ser los míos, y que no seré nunca redactor de un periódico virtuoso […] (pp. 29-30).

Ya dos años antes, en el prefacio al Albertus, Gautier había expresado conceptos similares. Y a quien le preguntaba para qué sirve una rima, le había respondido oponiendo lo bello a lo útil:

 ¿Para qué sirve esto? Sirve para ser bello. ¿No es suficiente?: como las flores, como los perfumes, como los pájaros, como todo aquello que el hombre no ha podido desviar y depravar a su servicio. En general, tan pronto como una cosa se vuelve útil deja de ser bella (p. II).

En los dos prólogos, como hábil manipulador de la lengua, el joven escritor expresa poéticamente su pensamiento crítico. En el prefacio de Mademoiselle de Maupin, en particular —compitiendo con el novelista y el poeta—, colorea verbos y adjetivos, modela metáforas y neologismos, habla del arte valiéndose sobre todo de una prosa felizmente creativa. Pero sería un error reducir este manifiesto a un simple elogio de la belleza como finalidad en sí misma. En su furibunda reacción frente a la exaltación «de lo útil por lo útil», el moralismo y la literatura prostituida al comercio, trasluce siempre una idea noble del arte auténtico como resistencia contra la trivialidad del presente. «El arte —había confesado en la frase final del prefacio al Albertus— es lo que mejor consuela de vivir» (p. V).

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