La cadena de cristal

La Cadena de Cristal –Die Gläserne Kette– fue un grupo expresionista de la Alemania de entre guerras liderado por Bruno Taut. Entre 1919 y 1920, Taut y otros doce arquitectos intercambiaron por correspondencia escritos y dibujos que posteriormente se publicaron en la revista Frühlicht.

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En las cartas, liberados de los límites de la factibilidad, los miembros del grupo describen sus visiones de una sociedad ideal y de una arquitectura benéfica.

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Cada miembro del grupo tenía un seudónimo propio: Bruno Taut (con el seudónimo de «Glas»), Max Taut (sin seudónimo), Wilhelm Brückmann («Berxbach»), Alfred Brust («Cor»), Hermann Finsterlin («Prometh»), Paul Goesch («Tancred»), Jacobus Goettel («Stellarius»), Otto Gröne, Walter Gropius («Mass»), Wenzel Hablik («W.H.»), Hans Hansen («Antischmitz»), los hermanos Hans («Angkor») y Wassili Luckhardt («Zacken») y Hans Scharoun («Hannes»).

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El grupo se relacionó con otros de la época, con los que frecuentemente compartía miembros, en especial el Novembergruppe ( o “Grupo de Noviembre”), el Arbeitsrat für Kunst (“Consejo de trabajadores por el arte”) y der Ring (“el Anillo”, este último formado exclusivamente por arquitectos).

Muchos de los dibujos originales se encuentran en los archivos de la Academia de las Artes de Berlín.

A continuación una carta de Bruno Taut:

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BRUNO TAUT (GLAS). SIN FECHA

Die Galoschen des Glücks (Los Zapatos de la Fortuna).

Un espectacular cuento fílmico que se desarrolla a lo largo de 2000 años, escrito por Bruno Taut.

Notas sobre el estilo de esta producción. La película no se interrumpirá en ningún momento con espacios para títulos. Los cambios de escena tienen lugar instantáneamente o mediante mezcla gradual, surgiendo un cuadro a partir del otro. Los personajes no hablarán ni escribirán, sino que crearán, mediante pantomima y movimientos rítmicos, una riqueza de imágenes tal que parecerá una especie de reflejo espiritual surgido del movimiento y de los gestos. El conjunto del film no estará realizado, estilísticamente, en modo expresionista; la naturaleza, en él, será natural y el arte artístico. El arte en cuestión será la arquitectura, en cuanto que reflejo más puro de los impulsos espirituales. Ello quedará garantizado gracias a la participación de los llamados arquitectos fantásticos: Finsterlin, Brückmann, Goesch, Krayl, Max Taut, Scharoun, Hablik, Bruno Taut, W. y H. Luckhardt.

Sin empleo, hambriento, desesperado. Ropas raídas, zapatos gastados, un envoltorio sobre su espalda. El joven camina por los más desolados suburbios y llega a la carretera –quiere ir al campo. Una muchacha de mejillas hundidas está con él. Melancólico adiós. La muchacha vuelve tristemente sobre sus pasos. El joven camina, avanza lentamente, casi arrastrándose. Un largo, largo camino. Tétrica y desierta carretera, denso y neblinoso aire, lleno de imágenes fantasmales. Flashback mental: una habitación mísera, sus padres desaparecidos, hermanos y hermanas, el recuerdo de la Mietkaserne, calles estrechas flanqueadas por Mietkasernen, miserables viviendas en sótanos –todo ello, recuerdos del pasado. La carretera se prolonga hasta el infinito. El joven, de repente, se detiene. Enfrente, a lo lejos, cree ver una luz y se queda quieto aguzando la vista. En la parte superior del cuadro vemos, como a través de un telescopio, lo que allí sucede: un muchacho de buena apariencia y bañado en una luz centelleante está también de pie sobre la carretera, junto a la cual coloca un par de zapatos. Desaparece, a continuación, ante la vista del obrero, y con él la distante apariencia de buena suerte. «¡Ay, era sólo una ilusión!» Desesperada, interminablemente, sigue caminando. Un agotador y miserable viaje. De repente ve ante sí los zapatos y se maravilla de este extraordinario suceso. Se mira sus propios zapatos, rotos, con los dedos asomando. Y decide, ya con menos timidez, probarse los zapatos de la fortuna. Se quita sus zapatos rotos y, con mucho cuidado, se pone los nuevos. De pronto, todo es diferente: él mismo, el camino, el aire. Las delgadas copas de los árboles son espléndidas coronas y un hombre nuevo camina vigorosamente por el mundo, ataviado con un bello y extraño atuendo y rodeado de felicidad (la fecha del 2000 cruza por la parte superior del cuadro). El camino se adentra en un bosque. ¡Un bosque real! Las copas de los árboles brillan y relampaguean. A un lado aparece una especie de calvero al que conducen todos los demás frondosos senderos. Mira hacia allá. ¡Dios mío! Algo brilla detrás del claro –como una creación humana y tam-bién como un producto de la naturaleza, como los árboles, las fuentes– como toda creación. Se acerca, se sitúa delante –¿podría ser …una casa? Pero es como una casa que hubiera crecido directamente de la tierra –sí– realmente ha crecido. Todo está en calma mientras él observa en si-lencio. Miedo y felicidad en sus gestos –asombro, estupor. De pie ante la casa inmóvil, bate las palmas de sus manos. Se abre, y, sobre los escalones, aparece un hombre barbado, bien parecido y vestido de modo extraño, como él mismo. Miedo. Pero el hombre avanza hacia él, le saluda, le hace gestos de invitación y, ante sus vacilaciones, le introduce en su «apartamento». En el interior, florecientes desarrollos de piedra y cristal. Niños, mujeres, hospitalidad. Pureza, todo es diferente, completamente diferente. Fantasía y felicidad en cada una de las cosas. Los dos llegan a una habitación de cristal. El huésped señala hacia afuera. Bosque y, tanto cerca como en la lejanía, entre las copas de los árboles, el mismo resplandor que el caminante percibió cuando vio por primera vez la casa. La esposa del hombre llega a la habitación. Al joven ella parece recordarle algo (similitudes), se hunde en la introspección y ve ante él, como entre la niebla, a su chica de las mejillas hundidas. Llora, el hombre intenta consolarle, pero sin éxito. Para darle ánimos, lleva al joven a una sorprendente estancia. Hay en ella muchas eflorescencias extrañas, grandes hojas flotantes (como victoria regia) y muchas otras. El hombre toma una curiosa vara, toca con su punta estas eflorescencias y de las hojas crecen casas, sí, casas, tan brillantes y de ensueño como la suya propia, como cúpulas opalescentes, edificios de alas de mariposa –¡oh, inexpresable!– una ciudad feérica reflejada en el agua, encantadoramente bella. Contemplando esta visión, el joven se pierde en sus propios pensamientos, se agacha, se sienta en el suelo herboso, se recuesta y se duerme. Súbitamente, reaparece la desolada carretera original. La pálida chica de mejillas hundidas corre tras él. El resplandeciente Hijo de la Fortuna se le acerca y le ofrece varios pares de zapatos de la fortuna, unos como los del joven y otros distintos. Los coloca ante la chica, pero ella no tiene dinero y no puede comprarlos. Sin embargo, invitada a ello, se prueba un par, pero de tipo diferente a los del joven. Una vez más todo cambia –la carretera, la chica, todo. Noche de verano. Junto a la carretera, arbustos en flor, no árboles. La muchacha, descalza, con vestidos ligeros, con el cabello flotando libremente, corriendo con alegría, casi salvajemente, bajo el centelleante cielo estrellado. Estrellas fugaces en el cielo. Luces a lo lejos, y muchas más llegando, hombres danzando con luces, antorchas y cosas similares (en la parte superior, la fecha del 3000 parpadea por un momento). La chica se une en seguida al grupo de gentes felices; danza y salta con otras muchachas como ella misma, y todos juntos avanzan por un prado portando antorchas en dirección a una ciudad de llamas. Llegan a edificios que están ardiendo en ese momento. Es imposible decir si están construidos con llamas, si las llamas mismas son parte de la arquitectura. Algunos edificios parecen completamente incandescentes. La multitud danza alrededor de una de esas casas y avanza hacia su interior. Un fantástico y brillante despliegue de fuego y chispas y una cascada de agua. Un baño de fuego. Gradualmente, la luz disminuye hasta que sólo queda un lánguido resplandor. Cansada, la muchacha se deja caer al suelo. En primer plano, la anterior muchacha trabajadora. No puede dormir y mira las llamas que ascienden suavemente por la habitación. La faz de su amado se ha formado en las llamas –como un recuerdo distante. Profundamente emocionada, llora inconsolablemente. El radiante Hijo de la Fortuna se le acerca, la acaricia para que se duerma y deja junto a ella un nuevo par de zapatos, los mismos que había dado al joven. Aumenta la luz. Es por la mañana. La muchacha se pone los zapatos y se sorprende de encontrarse en un animado y fresco jardín, frente a la misma casa resplandeciente a la que había llegado el joven (en el año 3000). La casa se abre. Salen una mujer y una niña. Feliz y atareada actividad. El hombre y el joven llegan también. Arrebatado encuentro, la más pura y profunda felicidad. Ambos contemplan la casa maravillados. Caminan después alegremente, cogiendo y mordisqueando bayas salvajes. Una alta meseta. Edificios brillando a lo lejos. Los reconocemos. El joven encuentra un telescopio en su bolsillo, mira con él y ve resplandecientes y cristalinos objetos, encantadoramente dispersos por el paisaje, reluciendo al aire y elevándose como si lo asieran. La pareja avanza hacia tales objetos. Giran sus miradas, que se dirigen a la meseta, sobre la cual está aterrizando un brillante y luminoso aeroplano de extrañas formas. Saltan a bordo y remontan el vuelo. Bajo ellos ven la maravillosa tierra, a veces más distante, bajo las nubes, otras más cercana, con todos sus edificios. Más lejos, una visión radiante. Aterrizan. Una ceremoniosa procesión. Desvía su camino y entonces, a la cabeza de la misma, la joven pareja –de pie frente a la catedral, rodeada por la gente. La pareja se muestra cohibida por este despliegue de éxtasis y se aparta con modestia. Un anciano en la puerta (una especie de sacerdote) les llama y les toma a su cargo. Les introduce en una habitación lateral, la biblioteca. La habitación es extraña, y lo mismo los libros. El joven toma uno de ellos, lo abre, lo hojea, y he aquí a los hombres que reconstruyen el mundo. En vez de hacer la guerra, están construyendo en los Alpes. Profundamente conmovido, cierra el libro. La muchacha ha tomado y abierto otro y el joven lo mira con ella. Una vista de 1800 con la diligencia, 1870, la guerra, 1890, estallidos de cólera, 1916, trincheras, y después las Mietkasemen. Miseria, miseria. Finalmente, ven su propia covacha. Las lágrimas fluyen de sus ojos. Padres, hermanos y hermanas son igualmente contemplados. Inconsolable, la pareja sale. Cuando ven de nuevo, desde el exterior, la radiante catedral, la imagen se difumina y distorsiona, mezclándose con gigantesMietkasemen que se alzan como fantasmas. Los dos huyen de este extraño entorno, corren por el bosque y llegan exhaustos a un profundo manantial situado bajo un oscuro techo de árboles. Apagan en él su sed y duermen sobre la hierba. Oscurece. La noche y la profundidad del manantial son uno. Súbitamente aparecen luciérnagas que se les acercan. Una de ellas se despliega y se convierte en una flor-arquitectura con una luz móvil como base. Nos parece volar en su interior. En el fondo de la flor, el zapato-biblioteca del Hijo de la Fortuna, quien se encuentra rodeado por compartimientos con fechas: 3000, 1850, 700, etc. Los abre y examina los zapatos correspondientes a cada uno de ellos. Sobre una mesa de cristal, en el centro de la habitación, están los dos pares de zapatos de la fortuna de la pareja. Los coge, los coloca en el compartimiento del 2000, y a continuación comienza a buscar: 1900,1950 –no, 1980 –no, 1925 –no, 1921 –no, 1920 –¡sí! Lo abre y saca dos pares de zuecos de madera. Satisfecho, los toma en sus pequeñas manos y sale volando de su casa-flor. Ahora está en una gruta, junto a la pareja dormida, y les trae sus zapatos de épocas pasadas; los mismos zapatos, pero no gastados y agujereados, sino nuevos. El joven y la muchacha se alegran sobremanera cuando, al despertar, los ven. En los zapatos ven sus viejos anhelos, pero más bellos. Al ponerse los zapatos se transforman en jóvenes campesinos que vuelven de los campos. Una límpida y nueva granja, con alegres habitantes, que en nada se parecen a las viejas granjas rústicas y los toscos granjeros del pasado. Padres e hijos se saludan, el sol de la tarde pasa a través de las ventanas y la luz resplandeciente recuerda los extraños sucesos y sueños del futuro que hemos experimentado. Imágenes de éstos danzan en la luz que llega por las ventanas. Una feliz comida en el jardín bajo las hojas de un árbol. Ocaso.

El radiante Hijo de la Fortuna juega en el prado bajo la luz de la luna con toda clase de mágicos zapatos. Llegan otros niños, arrojan sus zapatillas como si se tratase de pelotas y las lanzan una tras otra hacia la luna –unas son ordinarias, otras con tacones, otras como de cuento, claras, de colores– hasta que el Hijo de la Fortuna tiene en sus manos sólo los zuecos de madera. Se los pone en sus pies descalzos, baila con ellos por el prado y finaliza comicamente en el aire su danza.

Fin

Fuente: http://www.circulobellasartes.com/revistaminerva/articulo.php?id=500

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